Conozco a Bansky desde que comenzó a «fijar carteles» en muros aparentemente públicos y con un éxito artístico notable. Ha continuado su éxito pero ahora de una manera algo distinta tal como muestra lo ocurrido en Sothebys hace pocos días. Se subastó un cuadro de este artista anónimo y se lo llevó una señora por una cantidad superior al millón y medio de dólares. El cuadro tenía un marco barroco de gran grosor que, parece, escondía un cortapapeles que funcionó como tal desde el primer momento posterior a la concesión y, ante la extrañeza general y llevada quizá por el entusiasmo del arte, esa señora, o alguien distinto, pagó casi el doble por el cuadro ya en lonchas en casi su totalidad.
Aparte de resumir el acontecimiento el asunto plantea un verdadero conumdrum intelectual. Como he dedicado muchas horas y páginas, de este blog en el asunto de la propiedad intelectual y los derechos de autor no voy a repetirme aquí excepto por un punto que utilicé siempre en contra del derecho de propiedad intelectual.
Este derecho incluye en el caso de la pintura no solo el pago al artista de un derecho por parte del comprador que a su vez deberá entregar a Hacienda; sino que también, en caso de reventa por parte de este comprador, éste deberá pagar un cierto porcentaje al artista a contabilizar sobre el nuevo precio. Esto me pareció un despropósito tal que me sirvió en su día como un argumento en contra del derecho de la propiedad intelectual en general.
Pues se mire por donde se mire esto es lo que ha ocurrido en el caso de Sothebys. Esta agencia cobró de la señora y esta pagaría el correspondiente derecho de propiedad a quien lo vendiera en nombre de Banksy. Cuando el cuadro dejó de existir en su versión aparente seguramente lo que pasó es que la señora lo volvió a vender, muy probablemente a Sothebys y a precio cero o cercano, y Sothebys se lo volvió a vender a esta señora que tendría que pagar un derecho adicional más allá del nuevo precio resultante.
Que el asunto es ridículo es obvio; pero la ridiculez no proviene de la originalidad de Banksy; sino más bien de la ridiculez de una casa de subastas sometida sin queja a este extremo del derecho de propiedad intelectual. Es justamente la originalidad de este artista lo que puede revolucionar el arte pictórico.