Juan Urrutia Elejalde Graneles

Dios salve a los cómicos

En mi juventud de recién casado recuerdo una experiencia inexplicable. Resulta que en nuestro pequeño grupo de amigos circulaba una mujer bellí­simia deseada por todos. Yo, que era una excepción en este denso mundo del deso, no le encontraba el punto y no me parecí­a tan tan.

Dios salve a los cómicos

En mi juventud de recién casado recuerdo una experiencia inexplicable. Resulta que en nuestro pequeño grupo de amigos circulaba una mujer bellí­simia deseada por todos. Yo, que era una excepción en este denso mundo del deso, no le encontraba el punto y no me parecí­a tan tan. Hasta que un dí­a, después de una buena fumada, vi su perfil corporal, provocativamente tumbada en un sofá, reflejado en la pared como una sombre chinesca producida por una lamparita que protegí­a nustro trip del deslumbramiento. Y esa sombra me hizo sentir lo que la realidad en tres dimensiones y en colores me habí­a dejado frí­o.

Viene esto a cuento porque en el estreno de El Diario de Ana Frank. Un canto a la vida, he llorado. Y nunca lo habí­a hecho ni leyendo sobre el holocausto ni viendo pelí­culas sobre la crueldad del nazismo. Esto último me hizo pensar que el ejemplo de las sombras chinescas era sorprendente puesto que esas otras sombras chinescas que son los fotogramas tampoco removí­an mis sentimientos.

Me pregunto ¿hay algo que los remueve en la dirección del llanto, no en la de la ira o las ganas de matar? Pues resulta que sí­ lo hay y está donde no espeaba encontrarlo: en un musical. El holocausto siempre ha sido para mí­ un problema intelectual y no he derramado una lágrima hasta el musical del Diario de Ana Frank ¿ Cómo es posible?

Creo que el secreto está en la magia de la performance en vivo y en el mimetismo que propicia. Lloro porque veo a los actores llorar de emoción en el alegato final. Dios salve a los cómicos que consiguen abrir la espita de mis lágrimas.

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