Juan Urrutia Elejalde Graneles

Don Enrique Fuentes Quintana

Esperaré hasta mañana; pero de momento no he visto el gran artí­culo sobre su figura que quizás merecí­a, pero que con seguridad uno esperaba de sus colegas de generación y de sus discí­pulos. Quizá unos u otros lo hagan en el futuro e incluso es posible que alguien se lance a organizar un volumen de homenaje académico-biográfico; pero de momento sus amigos de profesión han escrito, yo dirí­a, que de manera rutinaria y solo algún discí­pulo ya mayor y curtido ha sabido subrayar los hitos y jalones obvios de su larga vida. Yo no soy ni amigo, ni colega, ni discí­pulo y sin embargo me caí­a bien su voz de trueno y su capacidad de trabajo, personal y delegada.

Don Enrique Fuentes Quintana

Esperaré hasta mañana; pero de momento no he visto el gran artí­culo sobre su figura que quizás merecí­a, pero que con seguridad uno esperaba de sus colegas de generación y de sus discí­pulos.

Quizá unos u otros lo hagan en el futuro e incluso es posible que alguien se lance a organizar un volumen de homenaje académico-biográfico; pero de momento sus amigos de profesión han escrito, yo dirí­a, que de manera rutinaria y solo algún discí­pulo ya mayor y curtido ha sabido subrayar los hitos y jalones obvios de su larga vida.

Yo no soy ni amigo, ni colega, ni discí­pulo y sin embargo me caí­a bien su voz de trueno y su capacidad de trabajo, personal y delegada. Quiero expresar mis condolencias a quien corresponda y evocar algunos de los recuerdos que tengo de él, además de pensar sobre la mezcla de actitudes que lo hací­an diferente de otros coetáneos.

Durante años, y por razones tácticas de las que solo entienden los que están dentro del sistema universitario, formé parte del área de conocimineto "Economí­a Aplicada"en donde se ubicaban todos los profesores de Hacienda Pública. Esta colocación intencionada me permitió experimentar el placer de compartir tribunales de oposiciones con personas de su entorno o con él mismo. Es lo más cercano que nunca he estado de lo que imagino eran los académicos de antes de la guerra que, pienso, habí­an depositado en esta generación su amplitud de conocimientos no solo de su especialidad. A mí­ me parecí­an demasiado eruditos para mi gusto, pero disfrutaba de sus anécdotas y recuerdos.

Claro que oí­ hablar de él en los pactos de la Moncloa, pero para aquel entonces a mí­ no me preocupaba el futuro de la economí­a española sino el futuro de un paí­s que no acababa de romper con el pasado y mi propio futuro como economista que entendí­a la teorí­a económica como una sofisticada forma de pensamiento que se agotaba en sí­ misma y no necesitaba ser redimida por ninguna aplicación externa por importante que fuera.

Claro que he seguido sus esfuerzos editoriales e incluso he contribuí­do con algún trabajo tanto a Información Comercial Española como a los más recientes Papeles de Economí­a o Perspectivas del Sistema Finaciero. Sin embargo mi generación era poco generosa con sus mayores porque eran el tapón objetivo que nos negaba nuestro lugar al sol. No podí­a mi generación optar a los grandes premios del ámbito económico hasta que don Enrique y otros de sus coetáneos no hubieran obtenido el suyo.

A pesar de todas estas crí­ticas a esa generación , crí­ticas que habrí­a que habrí­a que endurecer si añadimos la falta de incentivación para que sus alumnos se marcharan fuera en busca de nuevas perspectivas, su consistente autoritarismo al hablar de discí­pulos en lugar de referirse a alumnos o simplemente estudiantes, sus delirantes deseos de fundar una Escuela y su constante vigilancia de lo que pasaba a su alrededor para no dejar que las vidas de los demás florecieran o se agostaran solas, a pesar de todo ello digo habí­a algo en don Enrique que nunca me permitió asesinarlo en mi corazón.

Nada mejor para reflejar esa debilidad mí­a que una carta que envié a falta de e-mail a SB, colega mio de Sarriko y que pasaba un año en Stanford con su familia,en la que trataba de explicarle lo que yo querí­a para mi futuro después de haber salido inesperadamente del Gobierno Vasco. Le contaba a SB que pretendí­a ser algo como la versión puesta al dí­a de Fuentes Quintana. Pero no por el autoritarismo o la jefatura de filas, creo, sino por esa mezcla de teorí­a y práctica que solo he visto destacada por Gabriel Tortella en La Vanfuardia estos dí­as necrológicos.

Lo que me fascinaba y me fascina es la transformación de la realidad y creí­a saber y ahora sé que sé que esta transformación solo se puede llevar a cabo a partir de teorí­as propias o apropiadas, abstractas o intencionadas, testadas o no, pero siempre deslumbrantes. Lo que yo veí­a en don Enrique, creo entender ahora, era la luz del rayo y su fuerza letal que mata el error y es condición indispensable para preparar el terreno para la construcción que se hará más tarde por quien sea.

No tengo ni idea de si soy fiel a una biografí­a densa y rica; pero a pesar del distanciamento consciente de nuestra generación de los que creí­amos no nos habí­an ayudado a ponernos al dí­a, creo que es justo y también placentero en mi caso reconocer que Fuentes fue para mí­ una reminiscencia lejana de anhelos inconfesables y bien profundos.

Esperaré a mañana para ver si alguien es capaz de honrar a Enrique Fuentes Quintana con palabras que no sean simplemente rutinarias.

Ya es mañana y veo, como esperaba, que Estefaní­a escribe sobre don Enrique en El Paí­s Domingo , en su columna habitual. Interesantes reflexiones sobre los técnicos y los polí­ticos que parecen dirigirse más bien sobre Miguel Sebastián. Yo personalmente nunca he esatado de acuerdo sobre el alejamiento de la polí­tica que practican la mayorí­a de los llamados técnicos. Es imposible, creo yo, tener una idea que crees importante para la convivencia- y las ideas económicas siempre lo son- y quedarte esperando a que te la compre alguien que pasaba por allí­.

Quiero decir- y con esto termino- que Fuentes tení­a una clara vocación polí­tica. Otra cosa es que tuviera paciencia con los polí­ticos profesionales con miltancia partidista.

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