Juan Urrutia Elejalde Graneles

La última cena

Voy al Rubber a concretar los detalles de la intervención del próximo día 20 y a pedir recetas de la droga que compartimos mi mujer y yo. Como el doctor de familia que me ve y me sigue hace ya muchos años está pasando consulta en ese momento aprovecho la espera para acercarme a la cafetería y acelerar mi deterioro consumiendo un descafeinado con el acompañamiento de mi veneno favorito: churros y azúcar. Como mi estómago los rechaza empleo mi tiempo en observar a mis compañeros de exilio del mundo de los sanos y lo que veo es la repetición múltiple de una última cena de condenado a muerte que ha usado del privilegio cruel de forrarse antes de, en la madrugada, arrastrar los pies de la celda al cadalso o la cámara de gas.

La última cena

[porrasychocolate](http://juan.urrutiaelejalde.org/wp-content/blogs.dir/21/files/2013/11/porrasychocolate.jpg)Voy al Rubber a concretar los detalles de la intervención del próximo día 20 y a pedir recetas de la droga que compartimos mi mujer y yo. Como el doctor de familia que me ve y me sigue hace ya muchos años está pasando consulta en ese momento aprovecho la espera para acercarme a la cafetería y acelerar mi deterioro consumiendo un descafeinado con el acompañamiento de mi veneno favorito: churros y azúcar. Como mi estómago los rechaza empleo mi tiempo en observar a mis compañeros de exilio del mundo de los sanos y lo que veo es la repetición múltiple de una última cena de condenado a muerte que ha usado del privilegio cruel de forrarse antes de, en la madrugada, arrastrar los pies de la celda al cadalso o la cámara de gas. Son caras de «misión cumplida», de despedida de uno mismo ya convertido en un niño goloso que prefiere una porra a unos años de vida. Y, sin posibilidad de evitarlo, mi imaginación condicionada se va a la ultima cena del Cristo y sus discípulos. El tiene el privilegio de no solo arreglar su propio sacrificio sino también el menú y la compañía. Los discípulos saben que algo se acaba pero se dejan llevar por la ansiedad bucal por el pan y el vino y disfrutan de sus efectos reclinando cabezas en hombros ajenos. Menos el único lúcido que no puede dejarse engañar y pretende acabar con esa pantomima. Pero la lucidez perdió la partida, como siempre.

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