Juan Urrutia Elejalde Graneles

Rablaci

Rablaci es un apócope o acrónimo fungiendo como nombre da batalla de un jóven artista bien relacionado familiarmente con el mundo oficil del arte, por lo que ha sido criticado. Poco me importa a mí esa posible pequeña corruptela si, como consecuencia de ella, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a su extraña obra en la Casa de Vacas del Parque del Buen Retiro de Madrid. La exposición, sin ningún documento de apoyo, te enfrenta con arboles deracinés con su copa desnuda y sus raices al aire mientras su cuerpo es torturado, encorsetado, por cadenas, clavos u otros artilugios metálicos, así como a las fotos de esas mismas obras.

Rablaci

Rablaci es un apócope o acrónimo fungiendo como nombre da batalla de un jóven artista bien relacionado familiarmente con el mundo oficil del arte, por lo que ha sido criticado.

Poco me importa a mí esa posible pequeña corruptela si, como consecuencia de ella, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a su extraña obra en la Casa de Vacas del Parque del Buen Retiro de Madrid.

La exposición, sin ningún documento de apoyo, te enfrenta con arboles deracinés con su copa desnuda y sus raices al aire mientras su cuerpo es torturado, encorsetado, por cadenas, clavos u otros artilugios metálicos, así como a las fotos de esas mismas obras.

No hay que estar muy despierto para que surjan en tu memoria imágenes de Lars von Trier en El Anticristo, especialmente si también observas otras pequeñas instalaciones con cierta influencia de Miquel Navarro en las que observamos casitas de hadas malas o brujas buenas en medio de un bosque en invierno y encerrados en las cuales lloramos nuestro desconsuelo.

Y esta observación te lleva directamente a las práticas sadomasoqistas de las que se hizo eco un programa de La Cuatro el viernes pasado a una hora tardía. Dominacion y sumisión es the name of the game y sonreir escéptico ante estas dos pulsiones tan humanas es no querer reconocer que su dramatización más o menos explícita nos acerca a algo profundo que nos asusta.

Pero quizá lo que nos asusta de verdad es lo que el título de la exposición destaca: las raices del desarraigo. Podemos efectivamente deshacernos de nuestras raices, pero lo que seguramente conseguiremos es desenterrarlas de manera que formen parte de una figura desubicada y flotante en la que no sabemos cual es nuestra cabeza y cual es el humus primigenio del que nos alimentamos.

Y es justo este nada suave conflicto el que nos empuja a querer dañar o a desear ser dañados sin esperanza alguna de llegar a ser alivados permanenemente.

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