Hace diez días traté de recuperar mi manía de escribir posts asiduamente en mi esperanza de llegar a ser un buen bloguero. Desde entonces personas de mi entorno comentaron, sin intención, que para ello el blogueo no tenía futuro y, la verdad sea dicha, así me pareció, cuando comencé a meditar sobre lo que olfateaba a mi alrededor. Mi entusiasmo se ha difuminado y durante estos días he dedicado mi tiempo, o para ser veraz, el que los cuidados médicos me dejaban libre, a la tercera criba de mis papeles viejos hasta un punto que me ha proporcionado cierto optimismo en relación al futuro de mi obra y, en general, al futuro de mi estancia en este planeta.
Me ha parecido pues que hoy era el día adecuado para retomar, no solo la escritura, sino también los largos paseos que me hacían feliz solo unos meses atrás. Y entre esos paseos largos hay uno que me resulta especialmente atractivo: el Paseo de las Delicias. A mis ojos aparece como un lugar en el que durante un par de siglos ha estado viviendo una capa social de ricos en épocas en las que ser ricos, más acá de ser aristócrata, consistía en servir de cerca a esos aristócratas cercanos al monarca del momento.
Desde Atocha hasta el Matadero la arquitectura y las calles que cruzan el Paseo, se me representan como la historia de Madrid que desconozco totalmente y que, por lo tanto, no entiendo porqué siempre hace surgir en mí el deseo de vivir en él o en sus aledaños entre gente que desconozco totalmente, con una edad media que sobrepasa la mía y que dedica el tiempo a las tareas caseras que permite el tiempo que genera la escasa pensión de la que viven.
Sea cual sea la acera por la desciendo aparece ante mi, no solo partes importantes de mi pasado, sino también, tal como hice ver en El Paseo de las Delicias, todo mi posible e improbable futuro y siento como si lo que estoy haciendo a esta edad ya provecta lo podría hacer en este entorno de manera más creativa.
Termino esta vuelta al blogueo comparando un mismo anuncio en el barrio, donde vivo ahora, y ese mismo anuncio en este Paseo. Aquí alguien compra Oro, Plata y Joyas mientras que, en mi barrio, el negociante equivalente solo compra Plata y Joyas. Le sobra el Oro y de él vive, más o menos bien, mientras que la Plata y las Joyas le sirven para mantener el poder adquisitivo del Oro. Eso es así en mi barrio mientras que en este Paseo que adoro, el Oro es también parte de los instrumentos de trabajo que te sirven para generar un poder de compra adicional que quizá sirva para montar un negocio a tono con la forma de vivir de esta barro del sur y con sus nuevos habitantes recién inmigrados.