Juan Urrutia Elejalde Graneles

Fogonazos XXXIII,De perros, bicicletas, rejas y lapos

Se acerca el verano y, aunque voy adquiriendo costumbres de anciano, el calorcito me anima a madrugar, un si es no es. Y así resulto observador involuntario de la vibración temprana de una ciudad que se muere poco a poco. Constato que el paisaje urbano es diferente a esas horas relativamente tempranas.En cuanto cierro la puerta de mi casa y salgo a la calle en un barrio del norte me topo con criaditas de casa bien que pasean perros todos ellos sujetos a una correa de la que cada una de ellas tira sonriendo vagamente en una ensoñación de lo que, al otro lado del mar en donde dejó parte de su vida,pudo llegar a ser.

Fogonazos XXXIII,De perros, bicicletas, rejas y lapos

[be_en Bici](http://juan.urrutiaelejalde.org/files/2013/06/be_en-Bici.jpg)Se acerca el verano y, aunque voy adquiriendo costumbres de anciano, el calorcito me anima a madrugar, un si es no es. Y así resulto observador involuntario de la vibración temprana de una ciudad que se muere poco a poco. Constato que el paisaje urbano es diferente a esas horas relativamente tempranas.En cuanto cierro la puerta de mi casa y salgo a la calle en un barrio del norte me topo con criaditas de casa bien que pasean perros todos ellos sujetos a una correa de la que cada una de ellas tira sonriendo vagamente en una ensoñación de lo que, al otro lado del mar en donde dejó parte de su vida,pudo llegar a ser. Se conocen entre ellas y se reúnen a charlar, a rememorar quizás, y forman un aquelarre de crías de perro que tengo que atravesar lleno de miedo e incomprensión de su lenguaje. Como tampoco entiendo el lenguaje corporal de esas mujeres jóvenes que arrasan las aceras montadas en sus bicicletas y evitando el casco para lucir cabelleras extrañamente pobladas. Como en un ensalmo pasan ellas sobre rejas sin ser conscientes de lo que ocultan mientras que yo en mi caminar cansino no tengo más remedio que analizar el hedor que despiden esas ventanas abiertas a lo oscuro, allá abajo donde el subsuelo solo protege a cambio de la humillación y la locura.

Un día vi cómo, en París, esas rejas podrían ser un lecho caliente para desheredados, pero hoy las siento solo como las rejas de una cárcel que solo esperan a ser levantadas por la fuerza para liberar a los habitantes pálidos del subsuelo, moderna Bastilla hedionda. Ellos también tienen derecho a contemplar los horrores de la libertad como es el caso de ese escupitajo que llamamos lapo y de cuyo significado ambiguo acabo de ser testigo antes de llegar a mi destino matutino. Su uso no tiene por qué ser siempre insultante o despreciativo. Lo lanza un portero de fútbol cuyo ejercicio fijo no es tan agotador y también el centrocampista de actividad constante y agotadora. Es la falta de agua producida por la sudoración la que está en el origen de esta arma más que simbólica que llamamos lapo y que hoy he observado en su fase de elaboración y de uso bélico. Enfundado en su chándal el dueño de una tienda de suministros de despacho y de servicios gráficos lo ha fabricado con deleite y una vez formateado en la boca con evidente deleite lo ha lanzado por encima de mi mendiga rumanita preferida hacia la ventana del bar colindante por donde sacan la comida de la cocina a la terraza. Corro a mi guarida en donde me espera Alejandra Robles mirándome sugerente por encima de su hombro desnudo.

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