"La siesta había sido siempre un momento mágico para Machalen y Juan, desde que se conocieron de verdad en Salzburgo hace tantos, tantos años que no merecen ser contados. Así que Juan, después de un alargamiento loco del paseo por la orilla del lago, se aprestó a recibir a Machalen para disfrutar de ese momento después de una ligerísima comidad temprana. Imaginando su ensayo con los músicos de esta orquesta que ella no había dirigido nunca y cómo se habría despedido de ellos hasta media tarde, se disparó su imaginación una vez más en una especie de circumloqio en rededor de Ravel, un gran músico en su opinión y del nunca dejaba de mencionar que era vasco algo reivindicado con especial énfasis por Juan ante Ramón en muchas de sus conversaciones que muy amenudo se dispersaban sobre temas variados y que desesperaba a este último aunque procuraba mantener la compostura."