"El silencio de Dios era antaño un problema para la gente de fe. El ser supremo no se pronunciaba ante las injuticias evidentes en una especie de demostración práctica de la Economía de la Salvación, una especie de acatamiento por parte de la omnipotencia del ritmo humano, una muestra de su infinita y sabia humildad que modulaba dicha omnipotencia. El problema es hoy la locuacidad de ese ser que reveló un día la verdad y permitió que la desarrolaran los hombres dejando que el certificado de calidad lo otorgara el jefe de la iglesia inspirado por la tercera persona de la Trinidad Santísima."