"Encorvada, con su toca a la altura de su puntiaguda chepa y ambas a la altura de la hebilla de mi cinturón, me permito observarle cuando permanece sentada y la liturgia me obliga a levantarme. Sus manos son como dos sarmientos idénticos entrelazados que solo dejan sobresalir las uñas de dos pulgares delgados como huesitos de pollo. Dos uñas maravillosamente cuidadas que se frotan entre ellas en un gesto de coquetería pecaminosa que un inquisidor con mi vista y mi intución nunca hubiera dejado pasar."