"No recuerdo, de momento, su nombre, pero sí su cara y los maravillosos helados que desde el carrito de Aberasturi nos ponía con aquellos kukurutxus que casi eran mejores que el propio helado que, en mi caso, siempre era un sorbete de limón.Jamás he vuelto a disfrutar tanto de cualquier otro tipo de capricho, ni siquiera de los más refinados que te acosan en la edad adulta. Pero todo cambió un día de agosto de hace mil años en el que por la tarde y desde el balcón de nuestra casa de verano detrás de la parroquia se San Ignacio, observaba yo asustado cómo de hundían los botes pesqueros de txipirones que, dentro del Abra, intentaban volver a un pequeño puerto deportivo en LA. La galerna pasó, pero mi infancia se acabó cuando a la mañana siguiente me enteré que la tarde anterior el heladero había intentado guarecerse bajo un gran árbol de Txomintxu y murió totalmente achicharrado por un rayo."