"Desciendo por la magen izquiera del Gran Río con las manos cruzadas a la espalda forzando los pectorales y así prosigo hasta el vado del gran afluente en el que cada dos minutos actúa "por la voluntad" un malabarista cuyo valor añadido es su capacidad de mantener un bolo en la nariz cuando juega con los otros tres manteniéndolos simultábeamente en el aire. Como salvo excepciones, todo el mundo me sobrepasa con su caminar ligero tengo tiempo de realizar mis preparativos con todo cuidado y absoluta impunidad. Me pongo las gafas de sol sobre las graduadas, abro la enorme embocadura del amplio zurrón que me agencié en Londres, en la London Review Bookshop y espero serenamente."