"La siesta no duró mucho y, como ella no pidió nada más de él, parecía claro que no necesitaba templar los nervios. Se vistió y con un aufwiedersehen casi inaudible abandonó la habitación y en cinco minutos estaría, calculó él, en el auditorio empuñando la batuta. Juan pensó que esto le permitía tomar un tren a Basilea, ver algo de pintura y volver rápidamente para estar en el hotel cuando ella, agotada, volviera para hacer una cena ligera y tardía."