"Una vueltita de unos diez kilómetros siempre le sentaba bien, pero cuando, además, el paseo se acompañaba por el recuerdo de unas notitas recogidas en su agenda con un afilado lápiz, tenía la garantía de que algo raro o nuevo se le iba a ocurrir, algo muy fructífero siempre que no intentara resumirlo en su miniagenda que debía permanece sobre su mesa de trabajo. Así que se enfundó el abrigo y, excepcionalmente se permitió envolverse el cuello en una bufanda que se imaginaba protegería las ideas que surgieran en el paseo para su uso inmediato, una cosa que en general no le gustaba hacer pues la experiencia le había enseñado que las ideas, especialmente las buenas, necesitan un período de maduración que nunca es corto. Esas eran las virtudes higienistas del paseo a las que cantaba Nietzsche, para quien lo corporal era tan importante como lo intelectual por lo que es necesario estar en sintonía con el sonido de tus entrañas, saber escucharlas aunque no suenen pues nunca lo hacen cuando quieren hablarte."