"En mi juventud las pocas escuelas de negocios existentes no se preocupaban de entrenar a su tropa en la retórica pues no parecía que hubieran descubierto la capacidad de seducción de esta parte bastarda de la filosofía. Y sin embargo las familias de un cierto entorno social pensaban que el exponer con seguridad y brillantez era un activo apenas tangible que, como si fuera una planta exótica, les tocaba a ellas plantar y hacer crecer. Eran las épocas de aquel charlista García Sanchiz que recorría los escenarios de la geografía española y latinoamericana con un espectáculo disfrazado de excelencia intelectual."