"Al día siguiente de aquel concierto, a la postre fúnebre, durante el cual el que fue dueño de los timbales durante años y años falleció sobre el tambor mayor de ese instrumento en un momento cumbre de una sinfonía de Mahler, yo partía en el primer avión de Bilbao a Madrid para conectar con el vuelo a Dallas y desde allí trasladarme a Los Ángeles hasta aquella universidad a la que me habían llevado de manera natural mis estudios previos en Boston y mi deseo de seguir estudiando no solo por formarme, más sino por el mero reto de doctorarme sin finalidad ulterior alguna. A veces me hago notar en conversaciones distendidas como un individuo que nunca ha trabajado, pero tampoco es que mi idea fuera dedicarme a la Universidad, como acabé haciendo, para realmente no tener jefes y, por lo tanto, no trabajar por muchas horas que metiera al día tratando de entender textos enrevesados de autores que oscilaban entre la Economía, la Filosofía o la Política. Esto lo hacía por puro placer y en aquella época yo no podía asociar el placer con el trabajo."