"Hace cerca de cincuenta años un verano en Oxford dedicado en principio a reforzar el inglés antes de largarnos a los EE.UU. para aprender algo, fuera lo que fuera, pero que me enseñara a comprender lo que era aprender, me sacó de esa misión y por influencia de aquel profesor, al que creo haber citado en otras ocasiones como mi introductor al «outsider» de Wilson), me entregué a la lingüística y más en concreto a la filosofía lingüística de Wittgenstein que con su paso desde el «Tractatus» a sus «Investigaciones Filosóficas» me llevó a la distinción entre el lenguaje como formado con palabras como cuadros que representaban y el lenguaje no como una colección de representaciones pictóricas, sino como unos juegos de sonido que traslucían tanto como ocultaban. En esto pensaba el otro día cuando con ocasión de la celebración de unas bodas de oro volvimos a ver a personas importantes para nosotros pero cuyo impacto a estas alturas era más bien la lectura de un juego del lenguaje que había determinado nuestros destinos."