"Los años de plomo pasaron y llegó una época menos dura, pero tampoco idílica, allá por mediados de los noventa. La Ertzantza me llamó a su cuartel de María Díaz de Haro y me dijo que, aunque lo que ellos (no ellos sino «ellos») tenían de mí no era el resultado de un seguimiento sino mera información de medios públicos, les parecería prudente por mi parte no tener unas costumbres demasiado regulares. Más en concreto y puesto que en la época yo venía a Bilbao cada quince días por cuestiones de trabajo, me recomendaron no dormir en mi casa cada vez que viniera por aquí."