Juan Urrutia Elejalde Graneles

ILUMINACIONES. XXXII,Houllebecq on the beach

La entrega del Premio FUE a la dIversidad se demora hasta mañana debido a que el premidao no ha podido llegar a Alicante a causa de los controladores aéreos franceses. Esto me deja tiempo para pasear por esta ciudad mediterránea con cierto relajo, pero solo hasta que comienzo a ver un Houllebeck detrás de cada palmera en la playa del Postiguet con ojos obscenamente desesperados. Creía haberle visto desayunado en conversación triste con Serrat en el comedor del hotel, pero ahora estoy seguro que es él cuado veo a ambos otra vez en una terraza del muelle de Levant y me lo cruzo, a él sin el nano, por el paseo que lleva hacia la playa de San Juan.

ILUMINACIONES. XXXII,Houllebecq on the beach

La entrega del Premio FUE a la dIversidad se demora hasta mañana debido a que el premidao no ha podido llegar a Alicante a causa de los controladores aéreos franceses. Esto me deja tiempo para pasear por esta ciudad mediterránea con cierto relajo, pero solo hasta que comienzo a ver un Houllebeck detrás de cada palmera en la playa del Postiguet con ojos obscenamente desesperados. Creía haberle visto desayunado en conversación triste con Serrat en el comedor del hotel, pero ahora estoy seguro que es él cuado veo a ambos otra vez en una terraza del muelle de Levant y me lo cruzo, a él sin el nano, por el paseo que lleva hacia la playa de San Juan. Va acompañado ahora por una mulata discreta. Más tarde lo encuentro de nuevo enseñanado sus muñones a cambio de una limosna en casi cada esquina y detrás de cada uno de los innumerables tenderetes de venta de lotería. Su mirada sigue tan ansiosa como si estuviera en Irlanda y no cegado por esta luz infernal. Le veo tomar el ferry camino de Argelia y me topo con una manifestación de mujeres que reivindican para él un reconocimieto a su aportación al conocimiento del cuerpo de ellas, las mujeres. El sigue extremadamente delgado a pesar de los helados de turrón que consume sin parar siempre acompañado de la mulata que sonríe beatíficamente como si estuviera totalmente satisfecha. Pero a él le falta algo pues mira de reojo, con un ojo lleno de deseo, a las vijas jubiladas de toda europa que consultan la sección de Bolsa de su periódicos de origen. Ellas se exhiben en unos gimnasios improvisados en la arena y Hullebeck se extasía. Yo no puedo mantener esa excitación que su enjuta cara transmite y me retiro a mi hotel a preparar mi intervención en el acto de entrega del Premio. Hablaré de los parques de ancianos que arrastran a su alrededor multitud de médicos y quiroprácticos que a la hora del atardecer se pasean con pelucos de oro por la rambla y el paseo marítimo.

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