"Untarles la cola de un combustible cualquiera y pegarles fuego era una diversión de niños de posguerra en vacaciones prepetrada sobre gatos famélicos recién escapados de la cazuela de sus dueños. A pesar de estar ya medio muertos de la misma hambre que nos envilecía a nosotros o a sus dueños, se resistían a morir del todo y todavía recuerdo aterrado sus maullidos de agonía. Luego, m ás tarde y mejor alimentado, entendí que que los gatos tienen un sistema nervioso central que les otorga el privilegio de sufrir."