"Todo se presentaba como el alcance de una amable senectud adelantada que no podía desdeñar sino más bien disfrutar. Sin embargo existía un cierto engorro en mis paseos diarios que no sabía diagnosticar. Se trataba de que comenzaron a ocurrirme unos tropiezos al caminar que, poco a poco, dejaron de ser livianos y pasaron a terminar conmigo en el suelo con suaves, o no tan suaves, golpes en el rostro que, en todo caso, no me hacían perder el sentido, hasta que un día, entrando en El Corte Inglés de AZCA caí al suelo de manera totalmente inconsciente."