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Graneles
Textos de Juan Urrutia para su blog entre 2002 y 2022
Habían sido muchas las emociones de esa comida en la que mi padre y su abuelo se habían reconocido con algo más que con simpatía, con cierta complicidad difícil de entender, ya que la complicidad suele desarrollarse entre amigos de juventud unidos por infinidad de trastadas, y estas dos personas mayores no se trataron asiduamente durante la juventud, y lo que hicieron juntos no era una trastada sino más bien un acto de resistencia ejecutado con toda calma y poca fe por dos hombres que sabían que tenían que llevarlo a cabo sin preguntarse por las posibles consecuencias, por dos hombres hasta cierto punto ya muertos hace años. Necesitábamos Machalen y yo asimilar todo aquello que habíamos aprendido solo hace unas horas y de lo que nunca habíamos oído hablar. Quizá era justamente ese silencio el que más nos pesaba pues, aunque caminábamos en silencio, bien sabíamos cada uno lo que pensaba el otro.
Gaztelumendi
- Me alegra volverle a ver en persona, dijo el abuelo en cuanto, precedido por mi madre, recorrió todo el pasillo e hizo su entrada en aquella habitación tan iluminada que amenazaba con cegar a cualquiera que entrara en ella a esa hora del mediodía. A distancia seguíamos Machalen y yo tratando yo de explicarle rápidamente cómo era nuestra casa y especialmente aquella habitación en la que tanto había jugado mientras la costurera hacía vainica o arreglaba un traje a mi madre o mientras la señorita Carmen me leía Salgari con un tono de voz hipnotizador. Para cuando llegamos a la salita, todavía mi padre no había acabado de articular su bienvenida -...
Paseo por las cercanías del Conservatorio
NOTA: El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a continuación. Despertamos muy tarde, cada uno guardando el secreto de sus sueños, y no era cosa de acudir a casa de su abuelo ni a la de mis padres con un preaviso tan corto. Así que en un cierto silencio nos adecentamos y nos lanzamos a la calle a la búsqueda de la tienda, o más bien confitería o pastelería de la que tanto habíamos hablado en Salzburgo, la que vendía polvorones de Felipe Segundo y que parecía que los hacía allí mismo, aunque es difícil de entender que ese nombre hubiera sido impuesto por un habitante de esta Ciudad.
Manifiestos
Llega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos) que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas.
Recuerdos y Descubrimientos
Me levanté con ella y sentí una sensación extraña cuando comencé a abrir la persiana del mirador y atisbé enfrente al gobierno militar. Quedé paralizado hasta que me di cuenta de que ya no había que ocultar timbal alguno en aquella casa camino del monte. La abrí del todo y dejé entrar esa luz tibia que a veces ilumina las horas tempranas de la Ciudad.
La noche de mi desencanto
Mis padres no sabían que yo ya había llegado a la Ciudad, pues me pareció más sensato mantenerles en la ignorancia hasta que Machalen accediera a conocerles y yo tuviera una bonita historia que contar acerca de mi emparejamiento, nada formal, con una futura directora de orquesta, cuando estaba a punto de marcharme a América a no sabía yo muy bien qué. Así que le acompañé en su fumar compulsivo que parecía hacerle revivir sus recuerdos asociados a aquel piso en la calle que conducía al monte, al que llegaban los cánticos populares con los que yo hacía rabiar a esta música tan seria que no podía resistir no solo mi mal oído sino también que nunca recordara la letra entera: «... subirás en aeroplano, bajarás en goitibera...» Permanecí, pues, callado, y escuché atentamente su apenas audible voz que fue recitando, ignorando mi presencia, sus recuerdos vividos o contados por el abuelo: > ...nada sé de cuando mis padres todavía vivían, tengo recuerdos vagos, muy vagos, de la suavidad de la piel de mi madre y de la seguridad que sentía cuando mi padre me tomaba en sus brazos...
Las meriendas intelectuales
La primera vez acompañé al entonces Decano de la Facultad de Económicas y Empresariales sin saber para qué me quería allí, en una casa de ricos en donde la presencia de gente del claustro de la tradicional universidad privada de la Ciudad hubiera resultado más adecuada, tanto por los temas de las charlas, mucho más cercanos a lo que se llamaban valores, como por la vestimenta de los presentadores de esos temas que sin duda nunca habría llegado a ser de tan mal gusto como la de mi Decano. Pronto en la tarde caí en la cuenta de cual era mi papel en aquellas reuniones pretendidamente cultas. No se trataba de mi mayor elegancia, pues creo recordar que estaba usando trajes viejos de mi padre adaptados a mis medidas por un sastre de confianza y que yo aprovechaba sin atención alguna a lo que exigía la época del año.
